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VOLUNTAD DE DIOS Y VOLUNTAD HUMANA

El título del artículo puede parecer, a primera vista, un poco desgastado y trivial al proponer esta antípoda con el evidente riesgo de escribir frases de perogrullo. Sin embargo, su relevancia persiste hoy más que nunca, debido a lo que es posible avizorar desde la fe con suma claridad:  el horizonte de la historia humana y, por ende, el de cada persona con su respectivo desenlace. Por eso, al distinguir estas dos riveras antagónicas, se facilita, gracias a lo que la fe y la revelación nos otorgan, un discernimiento que nos proporcionaría herramientas poderosas para entender la dirección del rumbo de los acontecimientos.

Ahora bien, al hojear las sagradas escrituras, notamos cómo desde el principio hasta el final, desde el génesis hasta el apocalipsis, aparece una y otra vez el drama de la voluntad de Dios, que no siempre es acatada por el hombre. Y, sin embargo, si se seguía la voluntad de Dios cuando no le era problemático al hombre creer. Esta brecha se ha agudizado durante los últimos siglos, al afianzarse las ideas antropocéntricas con las que se opta por la autonomía del individuo y su total independencia con respecto todo aquello que lo remita a la trascendencia y, como consecuencia, a la negación de una moral heterónoma. Por lo tanto, hoy más que nunca cuesta mayor trabajo convencer acerca de la necesidad del cumplimiento de la voluntad divina, máxime cuando, para no pocos, consiste en un tema “poco relevante” o “intrascendente”: se afianza cada vez más la mentalidad triunfalista de creer en la construcción de un mundo y una sociedad sin Dios en el horizonte, que nos recrea la escena de la torre de babel como una actitud de soberbia que reaparece con mayor fuerza en nuestros días.

Sin embargo, la regla de oro para medir la veracidad y calidad de estas dos posturas que discurren por caminos contrapuestos, son los resultados que dejan, o, en términos bíblicos, los frutos que aparecen en el desenlace de cada vía; necesariamente, debe aparecer la diferencia de ambas cosechas. Por eso, la pregunta neurálgica que debemos formularnos es la siguiente: ¿Dónde halla el hombre realmente su plenitud, realización o Felicidad? ¿haciendo su voluntad o la de Dios? Porque los mandamientos de la ley de Dios siempre se nos han transmitido como la manera verdadera de ser libres y felices, pero el hombre secularizado los mira con sospecha y los rechaza pensando que estos coartan nuestra libertad y le impiden que por sí mismo alcance a redimirse.

Pero la experiencia nos sugiere que algo ocurre, y el ideal de una humanidad que se autoafirma siempre deja una gran sensación de frustración. Pensemos por ejemplo en cómo se han multiplicado por doquier las posibilidades “realización” al margen de Dios: de diversión y de entretenimiento, pero, paradójicamente, cada vez aparecen más los rostros de gente aburrida. Notemos cómo a partir de la difusión de las tesis freudianas tan extendidas a la manera de propaganda sin tregua, más  la revolución sexual de los años sesenta, se dio rienda suelta a la legitimación de los deseos libidinosos, con el fin que estos fluyeran olímpicamente sin ningun tipo de ley moral que los “reprimiera”, persuadiendo a las grandes masas que terminarían aceptándolas como aquello  que se adecua a la naturaleza propia del individuo: “para introducir en el hombre desviaciones tan nocivas que parezcan compatibles con nuestras estructuras físicas o psíquicas, o con nuestras aspiraciones instintivas profundas” (Padre Amorth) y, sin embargo, el vacío, la insatisfacción y el desencanto aparecen al final cada vez más agudizados. También el confort y el bienestar junto con las necesidades básicas satisfechas nos harían creer que, habiendo solucionado problemas materiales gracias a los avances tecnológicos y científicos, el ser humano ya habría hallado plenitud y saciado sus anhelos más hondos.

Podríamos citar muchas más situaciones, pero las anteriores suficientemente nos sirven, a manera de contraejemplos, para desmentir los “postulados” y “axiomas” de la sociedad secularizada que perfila un desarrollo horizontalista de los acontecimientos sin ninguna meta que trascienda la historia misma.

Por eso, es necesario mirar a la luz de la revelación divina, la manera cómo Dios va tejiendo el rumbo de la historia, para que se cumpla su voluntad a pesar de que no pocas veces no encuentre acogida en el corazón humano: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tm 2, 4). La voluntad de Dios siempre busca nuestro bien y provecho: la salvación misma. Pero entonces, ¿Cómo podríamos mostrar ante la sospecha del agnóstico y del incrédulo, el cual concibe la idea de una voluntad divina como una especie de ficción infantil que anularía nuestras “legítimas” aspiraciones antropocéntricas, que la humilde aceptación de sus designios, lejos de coartar nuestra libertad y nuestro anhelo de plenitud, por el contrario, nos los otorgan?  Pienso que la clave consiste en detenernos en el cómo nuestra fe cristiana actúa en contraposición de las expectativas del hombre desacralizado y secularizado.

Cuando escribí la palabra “expectativa”, lo hice con una intención: diferenciar la naturaleza “a posteriori” del mensaje cristiano, con respecto al ideal “a priori” del hombre terrenal que fija su meta dentro de los límites temporales para “llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia” (CIC 576). Esto quiere decir que el actuar salvífico y liberador de Dios empieza de una experiencia objetiva en cada individuo, que se deja transformar por el Señor, es decir, que solo Él puede responder a los más profundos anhelos del corazón y por eso nuestra vivencia es “a posteriori”: Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros” (1Jun, 1,3). O cuando leemos frases de san Pablo tales como: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4, 13), “Dios eligió lo necio del mundo para confundir a los sabios; y lo débil del mundo para avergonzar a los fuertes” (1 Cor 1, 27), obtenemos un común denominador: que todo lo que se dice es fruto de algo experiencial y transformador que va de sujeto en sujeto y de persona a persona; cambia mi mundo, mi ser, mi realidad.

En cambio, al observar las diversas filosofías e ideologías (que surgen sobre todo a partir del siglo XVIII), aparecen en el panorama diversos proyectos de humanidad paralelos al ideal Evangélico, que en lugar  de hallar la salvación y la  plenitud en Cristo, propugnan por  una especie de autorretención  donde el hombre se convierte en el  único protagonista de la historia sin la necesidad de ninguna intervención de Dios: Llámese el “super hombre” de Nietzsche, “el paraíso socialista” de Marx al querer alcanzar la meta de la socialización de los medios de producción,  o “la autonomía moral Kantiana”, no dejan de ser especulaciones teóricas que anhelan su propio fin como o telos para conquistar. Pero como dije al principio, son expectativas a priori, es decir, nadie jamás ha llegado a un estado puro de autorrealización para fijar un antecedente a la manera de arquetipo que garantice que ese es el camino que debería seguirse; únicamente, a lo sumo, ha habido múltiples intentos, pero todos fallidos, cuyos frutos siempre han sido amargos: a estas pretensiones siempre se les ha juzgado por sus objetivos, mas no por sus resultados. De ahí su popularidad. Pero basta con darnos cuenta de que el hombre siempre se va a encontrar con sus situaciones límite: el dolor, la enfermedad, la muerte, el mal, y el único que ha dado una respuesta radical y definitiva a todos estos interrogantes es el Señor, como nos lo recuerda Juan Pablo II.

En conclusión, podemos inferir que, solo hallaremos plena certeza de acierto cuando la experiencia transformadora de la gracia de Dios nos haga degustar las primicias del Espíritu al hacer la voluntad Divina; de lo contrario, todo esfuerzo humano equivaldría a arar en el mar.

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